Cofradía Penitencial Cristo de la Buena Muerte

Cofradía Penitencial

CRISTO BUENA MUERTE TOLEDO

 

 

 

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 ITINERARIO ACTUAL

Su actual itinerario procesional, en su paseo armonioso y austero por las calles toledanas, ayuda a todo aquel que le acompaña a aumentar su fervor y devoción ante el discurrir tranquilo y sereno de la comitiva penitencial.

El seguir la senda luminosa que van marcando sus cofrades con los farolillos que alumbran tenuemente la noche, el escuchar con recogimiento los rezos y salmos entonados en cada estación, van marcando una estela de paz y sosiego en el corazón.

Recorrer con el “Cristo de la Buena Muerte” su camino, desde que sale a la una de la madrugada del Sábado Santo hasta que regresa, dos largas horas después, por las callejas del Toledo, cuna de culturas y esplendor de épocas pasadas, enseña al que le acompaña una lección magistral de arte, belleza e historia .

En los estrechos y angostos callejones de la Ciudad Imperial resuenan, todavía, los armoniosos compases de las bandas de música que han acompañado la procesión del Santo Entierro en la noche del Viernes Santo. Por las calles del antiguo barrio judío, que confluyen en la plaza de San Juan de los Reyes, van llegando, cual regueros piadosos, multitud de personas de todas las edades que penetran, a través de la hermosa puerta realizada por Alonso de Covarrubias, en la iglesia del Monasterio de San Juan de los Reyes, sede de la cofradía. Dicho monasterio, de estilo gótico-flamígero, fue mandado construir por los Reyes Católicos en conmemoración de la victoria obtenida por sus ejércitos en la batalla de Toro (Zamora) sobre las huestes de partidarios de su rival La Beltraneja. En él tenían pensado dar sepultura mortal a sus cuerpos.

A su llegada al templo, hay quienes entran en él, por la puerta situada al lado de la epístola, que comunica con el claustro bajo del convento, son los devotos hermanos de la “Cofradía del Cristo de la Buena Muerte” que acuden a su cita anual, tal y como lo vienen haciendo desde 1.957, para acompañar a su Cristo en su Vía-Crucis penitencial por las calles toledanas .

La nave del interior del templo está repleta de fieles y de curiosos que esperan con impaciencia el inicio de la comitiva penitencial. Apoyada en el altar está la imagen del Cristo de la Buena Muerte, al fondo se aprecia el retablo renacentista que el Cardenal Mendoza mandase esculpir a Vigarny y las pinturas de Comontes, relativas a la vida y pasión de Cristo, a los Padres de la Iglesia, todo ello coronado por un Calvario.

En la primera hora del Sábado Santo se desarrolla allí mismo una escena que hace retroceder a todos los presentes, en el tiempo y en la historia, a la época del Cardenal Cisneros, que fue monje de este convento.

Se abre la puerta del claustro y comienzan a aparecer los cofrades, todos ellos vestidos con su reglamentario hábito color sepia, su crucifijo al cuello y su farol en la mano. Comienzan a situarse, con respetuoso silencio, formando dos largas filas a lo largo de toda la nave central del templo. Cuatro de ellos se acercan a la imagen del Cristo, son los encargados de portarla a hombros hasta el lugar donde se rezará la primera estación. Posteriormente serán relevados por otros cofrades en las paradas de cada estación. El Consiliario de la cofradía, generalmente el prior del convento, pronuncia unas palabras referidas al acto que en breves momentos comenzará y conmina a todos los presentes al recogimiento y devoción.

La comitiva procesional inicia su salida del templo por la puerta principal, enfundándose los cofrades sus capuchas, para hacer un largo recorrido por los barrios de la judería, nobiliario conventual y de los cobertizos rememorando aquella antigua procesión del Cristo de la Humildad que salía el Miércoles Santo del mismo monasterio franciscano.

Abre el desfile procesional un cofrade portando un cartel luminoso con una cruz en medio, en el que se lee: "Oye la voz que te advierte que todo es ilusión menos la muerte". A la salida del templo, se encuentra con la imagen de la Inmaculada, escultura de Cecilio Béjar, que fue uno de los cofrades fundadores. Toma la calle de los Reyes Católicos siguiendo paralela al cordón franciscano que recorre la fachada norte del convento. Es testigo callado de, paso el Calvario, ubicado en el frontal de la puerta que sirve de entrada al monasterio para su visita, rematado por un pelícano que está dando de comer a sus crías y a los pies de la cruz se encuentran la Virgen María y San Juan.

 Continúa por la calle del Ángel donde se reza la primera estación ante la presencia del ángel gótico, al que la leyenda atribuye su aparición a una noble cortesana que enfermó durante su estancia en la ciudad, para comunicarle su pronta curación. Entra en la calle de Santo Tomé dejando a la derecha el convento de las franciscanas de San Antonio que se unen con sus rezos al Vía-Crucis al que ellas son muy devotas, ya que le rezan todos los viernes del año.

La segunda estación se lee en la calle de Santo Tomé frente a la iglesia del mismo nombre y a los pies del Cristo esculpido por Gimena, situado en este lugar en Agosto de 1.941 como desagravio al que anteriormente se hallaba allí y que había sido derribado por los marxistas en Agosto de 1.936.

Según Moraleda y Esteban, éste último crucificado había pertenecido a los templarios toledanos y se trajo a este lugar en el siglo XIX desde la iglesia de San Miguel, en sustitución de otro anterior llamado de “La Agonía y Buena Muerte”, por el que el vecindario sentía gran devoción y alumbraba todas las noches .

Los cofrades, que han permanecido de rodillas y vueltos hacia la imagen de su Cristo mientras se rezaba la estación se levantan y con paso lento se acercan a la plaza del Salvador. Aquí está la iglesia del mismo nombre, que recuerda su conversión de mezquita en un templo cristiano y a la que hace escasamente dos horas ha llegado la cofradía del Cristo del Calvario con sus imágenes, que destilaron en la procesión del Santo Entierro la noche anterior.

El empedrado suelo de las calles de El Salvador y de la Ciudad, daña los pies de algunos cofrades, que en cumplimiento de alguna promesa, hacen descalzos su recorrido.

El ábside mudéjar del convento de Santa Úrsula sirve de marco para la tercera estación que, como cada una de ellas, es anunciada por un hermano siguiendo un riguroso orden cada año. Las monjas agustinas que habitan el convento se unen, desde su interior, al rezo de los penitentes.

Desde el año 1.995 se sigue por la calle de Santa Isabel para desde allí acceder a la iglesia del convento de Santa Isabel de los Reyes, donde las clarisas franciscanas reciben al Crucificado con salmos celestiales, dando así un significado especial a la cuarta estación. En el año 2012 a propuesta de un hermano cófrade se decide cambiar el recorrido, con el fin de no pasar dos veces por la misma calle,  por el callejón de Santa Ursula, calle Santa Ursula y calle de Santa Isabel. Nuevamente se retoma el recorrido por la calle de Santa Isabel desde donde se divisa, al fondo, la torre gótica de la Catedral que ve aproximarse el desfile hacia la plaza del Ayuntamiento.

La quinta estación se reza a los pies de la torre inacabada de la Catedral, tras la que se encuentra la capilla mozárabe mandada construir por Cisneros, teniendo como fondo el Palacio de Justicia que había sido antigua casa del Deán de la Catedral. Al sonido de la carraca, que anuncia el reanudar de la marcha, se sube por la recta y empinada calle del Arco de Palacio.

Es en estos momentos, cuando el Vía-Crucis alcanza su mayor brillantez y vistosidad a los ojos de los curiosos espectadores, que pueden apreciar la subida por la cuesta de los cofrades, perfectamente alineados en dos filas, y el Cristo en el centro yendo detrás el Consiliario acompañado por el Hermano Mayor de la cofradía y del que porta la carraca,  para poner en marcha y detener la procesión.

Ante la muda presencia del Palacio Arzobispal y el muro del claustro de la Catedral, se reza la sexta estación..

Sube por la calle de Nuncio Viejo, la cual debe su nombre al desaparecido Hospital del Nuncio mandado construir por el canónigo Francisco de Ortiz, vicenuncio de Su Santidad Sixto IV, hasta llegar a la plaza de los Postes o de Amador de los Ríos, donde se hace la séptima estación. Sobre la barandilla de la plaza suele agolparse gran cantidad de gente, delante de la puerta del oratorio de San Felipe de Neri, antigua propiedad de la cofradía de la escuela de Cristo, cuya sede residía en Madrid aunque fue fundada en Toledo, para apreciar la belleza del Crucificado así como su tenue y discreta iluminación.

Por la calle de Navarro Ledesma llega a la empedrada del Cardenal Lorenzana donde se contemplan, mientras el rezo de la octava estación, las paredes del edificio que mandara construir dicho Cardenal y que después de haber sido Instituto de Bachillerato, hoy día aloja diversas dependencias de la Universidad de Castilla la Mancha. En el año 2012 se empieza a bajar por Cardenal Lorenzana hasta la Plaza de San Vicente y por el Callejón del Abogado llegar hasta la Plaza de Santa Clara.

En la plaza de Santa Clara, la imagen de la santa, situada sobre una columna en 1.993 para conmemorar el octavo centenario de su nacimiento, observa cómo la comitiva penitencial traspasa el pórtico de la puerta que conduce a la iglesia del Real Convento de Santa Clara. Dentro esperan las clarisas franciscanas al Cristo, al que profesan gran devoción, y al que despedirán con hermosos salmos después de rezarse con ellas la novena estación..

Al salir de la iglesia los cofrades, que en señal de respeto se habían despojado de la capucha, se vuelven a cubrir el rostro, que mantendrán tapado hasta su regreso al Monasterio. La procesión prosigue por el cobertizo de Santa Clara para adentrarse por el de Santo Domingo. Allí se cruza con la cruz votiva colgada desde el siglo XVII en el muro del convento de las Comendadoras de Santiago, que permanecen en vela en su iglesia tras rezar el Vía-Crucis y cantar el Miserere, como todos los viernes y domingos de cuaresma. En la misma plaza de Santo Domingo se hace la décima estación. Los rezos y cánticos penitenciales han roto el silencio de la plaza, para continuar entre los muros de los conventos

A su paso se agolpan multitud de conventos como si todos ellos con las hermanas que los habitan, quisieran salirle al encuentro para acompañar al Crucificado en su dolor. El convento de las Capuchinas junto con el de Santo Domingo el Real van configurando la calle de Buzones. En sus altas paredes destaca la “Casa de los Donados” que se encargaban de recoger limosnas para las capuchinas a la derecha la cruz votiva que cuelga del convento de las dominicas.

De seguro que las capuchinas, que a esas horas se encuentran en su iglesia con el oficio de la lectura de maitines, se unen a los rezos de la undécima estación cuando se llega a la plaza de la Merced.

El Palacio de la Diputación Provincial recuerda los viejos tiempos en los que sus terrenos albergaron el convento de los mercedarios calzados y la sede de la cofradía de la Soledad. Continuando por la calle Real y en el ensanche que hay frente al antiguo Hospital del Nuncio Nuevo, construido por mandato del Cardenal Lorenzana , se reza la duodécima estación .

Pasa por delante del convento de las carmelitas descalzas de San José donde se encuentra con una de las pocas cruces de la ciudad, hechas en ladrillo, y más abajo la placa con la cual, en 1.970, la ciudad de Toledo, rindió homenaje a Santa Teresa. Las carmelitas siguen el paso procesional rezando con un absoluto y riguroso silencio, que comenzaron el Martes Santo y no romperán hasta después de la Vigilia Pascual. Llega a la Puerta del Cambrón o de Santa Leocadia, denominada así en honor de la santa patrona de Toledo cuya imagen está colocada encima de la portada interior. La fachada y portada del desaparecido convento de los agustinos calzados, testifican el rezo de la decimotercera estación, que se celebra en el lugar que había ocupado la antigua parroquia de San Martín, demolida en 1.840.

Por último, sube la cuesta que la lleva hasta la iglesia de San Juan de los Reyes. Todos reflejan en su rostro y en su andar pausado el cansancio que han acumulado a lo largo del fatigoso recorrido en especial los cofrades más jóvenes, no profieren ningún tipo de queja, pues han aprendido de sus padres a vencerlo con la fe y el fervor que éstos les han inculcado. Al llegar a la iglesia se reza la decimocuarta estación..El Consiliario hace una pequeña reflexión y todos los presentes, en primer lugar los hermanos, se acercan a adorar y besar la imagen del Cristo, que se encuentra situado en el Altar Mayor. Es en este momento cuando se da por finalizado el acto penitencial.